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Federico Rodríguez Páez
Escultor · Artista visual · Escritor · Empresario · Emprendedor cultural
Una sola no alcanza.


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Formas
Muchas formas, una sola sustancia. Lo que se ve cambia; lo que está debajo, no.

Trabajo el tiempo y el peso en estructuras de hierro que se sostienen al borde del desequilibrio. El espejo te devuelve a vos.
Hierro, metal, espejo, óxido y soldadura. Más de doscientas esculturas, de piezas de taller a obras de seis metros de altura.

La imagen como otra materia: el collage en Archivo de Intensidad y la luz en la serie Hierro y Luz.

Mil ochocientos poemas, tres libros.
Libros publicados y textos en su propio sitio y en Medium.

Hostels, un hotel, un Paseo de Arte. Crear un mundo no es gratis. Y desarmarlo tampoco.
Espacios pensados como obra: F&F Hostel en Punta del Este (2007), F&F Hostel Florianópolis (2014), Art Hotel F&F (2016) y Ojo Store (2021).

Montepilatus, un Paseo de Arte de acceso libre, y encuentros que produjo o recibió: Sonidos del Horizonte, Wiskonsin Festival, Amarteg y Trazos Latinos.
- 2007F&F Hostel, Punta del EsteEmpresario
- 2014F&F Hostel FlorianópolisEmpresario
- 2014The Dream MachineEscritor
- 2018Incarnivale con DFunklubEmprendedor cultural
- 2021Sonidos del HorizonteEmprendedor cultural
- 2021Ojo StoreEmpresario
- 2021Montepilatus — Paseo de ArteEmprendedor cultural
- 2022Wiskonsin FestivalEmprendedor cultural
- 2022AmartegEmprendedor cultural
- 2025Ojo del HorizonteEscultor
- 2025Esculturas recientesEscultor
- 2025Archivo de IntensidadArtista visual
- 2026Trazos LatinosEmprendedor cultural
- 2026Muestra con Enriqueta AguilóEscultor
- 2026La mala palabra correctaEscritor
- 2026El lugar que me guardabanEscritor
- 2026Topografías Corporales · noviembreEscultor
Puedo estar en cualquier plano, pero no me quedo en ninguno que no tenga algo vivo.
Escribí la tuyaObra
Esculturas en hierroUn motivo recurre: el círculo —el anillo, el ojo, la rueda— y el hierro soldado que lo sostiene al borde del desequilibrio.







Hierro, espejo y óxido: material que se vuelve presencia. Su obra convive en Montepilatus —el Paseo de Arte que creó en Punta del Este— con la de artistas de cuatro países.
Constelación
Tocá una obra para verla en salaIncliná el teléfono: los anillos se desplazan como si pesaran.
Soldadura
Encendé el arco y pasá el dedo por la chapaLa emoción es la base de la obra.
Federico Rodríguez Páez
Obra escrita
Libros
PoesíaEl lugar que me guardaban
Poemas sobre clase, mirada, paternidad y presencia.
Leer
Crónica documentalHijo del hombre del mar
Diecinueve generaciones y seiscientos cuarenta años de línea documentada, de una isla del Atlántico a un campo de Garzón.
Leer la edición digital
Manual de inteligenciaTúneles
Inteligencia y estrategia: leer el poder y mover antes que el otro. En preparación.
AdelantoTúneles: el método
La misma mano que dobla el hierro al borde del desequilibrio lee el poder en el mismo filo.
Lo que muestra es lo que decidió mostrar.
Lo demás no se cuenta.
El método para leer el poder y mover antes que el otro. 29 capítulos. Tucídides con Maquiavelo, Sun Tzu con Clausewitz, Taleb con Schelling — desde la operación, no desde la cátedra.
Sophia explica después. Phronesis actúa antes.
Avisame del lanzamiento“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.”
Jorge Luis Borges · Nueva refutación del tiempo
Banco al sol
Solicitud de viento
Señores: donde dice emplazamiento
quisiera que dijera por ahora.
No porque vaya a llevarme la pieza.
El árbol que dejaron en el plano
con ese círculo pequeño
va a rozar el hierro cuando crezca.
He calculado el peso,
la base, la distancia del paseo.
No puedo hacer el cálculo del muchacho
que vendrá de noche a escribir encima.
¿Tengo que dar por roto lo que escriba?
¿Voy a tener que ir a borrarlo yo?
Pongan que sí. Después veremos.
Abajo, donde dice responsable,
ya firmé. No borren eso.
Me falta contestar vida útil.
¿De la obra? ¿De quién la está mirando?
El abrazo
Me apoya en el hombro
la cabeza que tengo que golpear
y debajo del oído le trabaja
la mandíbula, traga, se me cae
una gota en la boca.
Me sostiene la nuca con el guante.
Busco pasar un brazo. El suyo se endurece.
Desde afuera me gritan.
Tengo la oreja llena del otro.
La orden me llega por su cabeza.
Busco un lugar para tomar el aire
que su pecho me deja cuando baja,
y cuando afloja, cuando ya podría,
no pego. Respiro.
Donde doblábamos
Digo de dónde soy y me corrés
el vaso para hacerme sitio.
Trazo la costa con el dedo mojado,
me sobra mesa, agrando un poco el país;
la capital estaba más abajo
pero no voy a hacerte levantar.
Para llegar a casa hay que arrimarse.
Por esta calle íbamos al ómnibus,
acá comprabas pan. No, no eras vos.
Seguí de todos modos. Cuando llegues
al almacén, doblás.
Me preguntás si sigue el almacén.
Ya no está. Pero vas hasta ahí.
No sé qué hay ahora. Anotaban
lo fiado en papel de envolver.
Se seca primero la costa.
El interior aguanta un poco más.
Arrimate.
Levantá el vaso. La calle seguía
por debajo. Yo te voy diciendo.
Doblá por donde hubiera dado sombra.
La modista
Le pide que camine. El vestido
parecía terminado en el espejo,
pero al cruzar el cuarto se le tuerce
la raya de la espalda.
La muchacha se detiene, se acomoda.
Así no. Caminá
sin ayudarme a que te quede bien.
La modista se arrodilla, abre la costura,
le pide que se saque los zapatos.
La muchacha le dice que esos son
los que va a usar toda la noche.
Entonces camina otra vez.
El vestido tira de un hombro y cede
al llegar a la puerta. Le pregunta
si piensa bailar mucho.
La muchacha se ríe y hace sola
dos pasos de algo que no sabe hacer despacio.
La modista sigue con la tiza
el sitio donde la tela pide más.
En Palma
Al fondo de la cocina, donde el agua
me iba blanqueando las yemas, aprendí
una lengua de platos que volvían
con restos de una fiesta.
Uno venía limpio.
Lo apartaba un momento de los otros,
como si aquel que había comido todo
me hubiera hablado de una forma aparte.
Afuera estaba Palma. Yo decía
que estaba en Palma, y era verdad
durante el trayecto del trabajo al cuarto,
cuando el día me entraba por la calle
estrecha, de costado,
y algún balcón regaba sobre mí.
Una noche salimos todos juntos.
Pedí lo que entendí. Llegó otra cosa.
La probé y después cambié de plato
con el que siempre trabajaba al lado;
por primera vez supimos
qué dejaba cada uno sin comer.
La fila
¿Quién es el último?
El último no oye. Le tocan el hombro.
Se da vuelta, me mira,
asiente: ya puede distraerse.
Yo quedo al fondo con su trabajo.
Miro hacia donde vienen los que faltan,
aprendo a levantar un dedo
sin creer que me están preguntando otra cosa.
Una mujer me pide que le cuide el sitio.
Yo no tengo sitio:
tengo al hombre de gris por delante
y a esa mujer que se va sin escucharme.
Cuando vuelve, otro ocupa su lugar.
Le digo que ella estaba.
¿Acá?, pregunta él.
Ella empieza a buscarme la cara
entre todas las caras que podrían
decir que sí.
Los toldos
La primera ráfaga levantó los precios:
zapallos a veinte, acelga a cuarenta,
el cartón de las ofertas dio dos vueltas
y se quedó vendiendo contra un muro.
Después los toldos empezaron a pelearse
con aquello que tapaban. Uno subía,
otro juntaba el agua en una bolsa
cada vez más honda sobre las naranjas.
Sostené acá, gritó una mujer.
Y acá era una punta de lona,
una fuerza que quería irse por arriba
con ella, con el puesto y con nosotros.
Éramos seis sosteniendo, siete,
un hombre pasaba los cajones,
otro nos gritaba que aflojáramos
del lado de la calle. No sabíamos
cuál era el lado de la calle bajo el agua.
La mujer se reía, empapada,
porque alguien seguía preguntando
cuánto salía el kilo de las peras.
El ascensor
Quedamos entre pisos, una bolsa
de mandarinas, vos y yo. La alarma
sale de nuestra caja, pero nadie
contesta desde afuera.
Decís que no te gusta estar encerrada.
Yo digo que enseguida van a abrir.
Me escuchás como si yo supiera,
y tengo que seguir sabiendo un rato.
Se apaga el ventilador.
La pausa del zumbido tiene fondo.
Ofrecés mandarinas. Las pelamos
sin hambre.
De pronto alguien pregunta cuántos somos.
Dos, decimos a un tiempo,
y piden que lo repitamos:
vos primero, después yo.
El árbitro
Le gritan que no vio,
que estaba al lado, que por qué no mira,
y él mira en la dirección del juego
que sigue, sigue, mientras uno queda
en el barro, agarrándose la pierna.
Hace una seña: ventaja.
La palabra corre más que el lastimado,
llega al área, vuelve rechazada
y entonces él levanta el silbato
para traer la falta a donde fue.
Vienen todos. Le acercan otras bocas,
otros ojos, le prestan
una familia entera que insultar.
Él marca con el pie el lugar del golpe.
Cada uno deja la pelota
un poco más cerca de su propia versión.
El caído, que ya se puso de pie,
se va rengueando hacia el arco.
Pide que la tiren larga.
Banco al sol
Antes de poner mi nombre
me senté. Pedí que redondearan
el borde que va debajo de los muslos.
Los tornillos, desde abajo.
No quise placa. El nombre va en la madera.
Entre dos letras hubo que dejar
un nudo. No quise que lo sacaran.
Hay una pareja que viene todas las tardes.
Ella le saca una pelusa del hombro,
después otra que yo no veo.
Se ríen y se les enfría el mate.
Antes de irme a casa paso de nuevo.
Siguen ahí.
Hoy traje aceite para la madera.
Les pedí un momento. Se levantaron.
Se fueron hablando.
Paso el trapo donde estaban.
Oscurece la veta. En las letras
hay que ir despacio: si dejo mucho,
mañana les va a manchar la ropa.
Dejo un poco más en la primera letra.
Montepilatus — Paseo de Arte
Paseo de Arte
Espacio cultural y colección a recorrer en Punta del Este, en diálogo con la obra de Federico Rodríguez Páez. Veintinueve artistas de cuatro países. Acceso libre, todos los días. Ver la página de Montepilatus.
Recorrido por Montepilatus · YouTube





