Federico Rodríguez Páez — retrato

Federico Rodríguez Páez

Escultor · Artista visual · Escritor · Empresario · Emprendedor cultural

Una sola no alcanza.

Escultura totémica en hierro de Federico Rodríguez Páez en la sierra
Punta del Este · Uruguay
El espejo
Ojo del Horizonte, escultura en hierro y espejo de Federico Rodríguez Páez

Tocá el espejo para darlo vuelta

Usa la cámara de tu teléfono. Tu imagen no se guarda ni sale de tu pantalla.

Este navegador no deja usar la cámara.

Formas

Una presencia

Muchas formas, una sola sustancia. Lo que se ve cambia; lo que está debajo, no.

Cinco puertas
Ojo del Horizonte, escultura en hierro y espejo de Federico Rodríguez Páez
I · Escultor

Trabajo el tiempo y el peso en estructuras de hierro que se sostienen al borde del desequilibrio. El espejo te devuelve a vos.

Hierro, metal, espejo, óxido y soldadura. Más de doscientas esculturas, de piezas de taller a obras de seis metros de altura.

Puedo estar en cualquier plano, pero no me quedo en ninguno que no tenga algo vivo.

Escribí la tuya
01

Obra

Esculturas en hierro

Un motivo recurre: el círculo —el anillo, el ojo, la rueda— y el hierro soldado que lo sostiene al borde del desequilibrio.

Hierro, espejo y óxido: material que se vuelve presencia. Su obra convive en Montepilatus —el Paseo de Arte que creó en Punta del Este— con la de artistas de cuatro países.

Consulta por obra

Ver toda la obra

Constelación

Tocá una obra para verla en sala

Incliná el teléfono: los anillos se desplazan como si pesaran.

Soldadura

Encendé el arco y pasá el dedo por la chapa

La emoción es la base de la obra.

Federico Rodríguez Páez

70+Países recorridos
1.800Poemas escritos
200+Esculturas
22Años de oficio
02

Obra escrita

Libros
Tapa de El lugar que me guardabanPoesía

El lugar que me guardaban

Poemas sobre clase, mirada, paternidad y presencia.

Leer
Tapa impresa de Hijo del hombre del marCrónica documental

Hijo del hombre del mar

Diecinueve generaciones y seiscientos cuarenta años de línea documentada, de una isla del Atlántico a un campo de Garzón.

Leer la edición digital
Tapa de TúnelesManual de inteligencia

Túneles

Inteligencia y estrategia: leer el poder y mover antes que el otro. En preparación.

Adelanto
Escritura

Escribí una frase: la cortamos en acero y la soldamos.

Letras de acero espejado sobre una chapa que se oxida: hierro, espejo, óxido y soldadura, los materiales de su escultura. Guardala para tus historias.

Soldar mi frase

Túneles: el método

El método

La misma mano que dobla el hierro al borde del desequilibrio lee el poder en el mismo filo.

Lo que muestra es lo que decidió mostrar.
Lo demás no se cuenta.

Túneles — Manual de inteligencia

El método para leer el poder y mover antes que el otro. 29 capítulos. Tucídides con Maquiavelo, Sun Tzu con Clausewitz, Taleb con Schelling — desde la operación, no desde la cátedra.

Sophia explica después. Phronesis actúa antes.

Avisame del lanzamiento

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.”

Jorge Luis Borges · Nueva refutación del tiempo

La biblioteca I de X

Banco al sol

Federico Rodríguez Páez

Solicitud de viento

Señores: donde dice emplazamiento

quisiera que dijera por ahora.

No porque vaya a llevarme la pieza.

El árbol que dejaron en el plano

con ese círculo pequeño

va a rozar el hierro cuando crezca.

He calculado el peso,

la base, la distancia del paseo.

No puedo hacer el cálculo del muchacho

que vendrá de noche a escribir encima.

¿Tengo que dar por roto lo que escriba?

¿Voy a tener que ir a borrarlo yo?

Pongan que sí. Después veremos.

Abajo, donde dice responsable,

ya firmé. No borren eso.

Me falta contestar vida útil.

¿De la obra? ¿De quién la está mirando?

El abrazo

Me apoya en el hombro

la cabeza que tengo que golpear

y debajo del oído le trabaja

la mandíbula, traga, se me cae

una gota en la boca.

Me sostiene la nuca con el guante.

Busco pasar un brazo. El suyo se endurece.

Desde afuera me gritan.

Tengo la oreja llena del otro.

La orden me llega por su cabeza.

Busco un lugar para tomar el aire

que su pecho me deja cuando baja,

y cuando afloja, cuando ya podría,

no pego. Respiro.

Donde doblábamos

Digo de dónde soy y me corrés

el vaso para hacerme sitio.

Trazo la costa con el dedo mojado,

me sobra mesa, agrando un poco el país;

la capital estaba más abajo

pero no voy a hacerte levantar.

Para llegar a casa hay que arrimarse.

Por esta calle íbamos al ómnibus,

acá comprabas pan. No, no eras vos.

Seguí de todos modos. Cuando llegues

al almacén, doblás.

Me preguntás si sigue el almacén.

Ya no está. Pero vas hasta ahí.

No sé qué hay ahora. Anotaban

lo fiado en papel de envolver.

Se seca primero la costa.

El interior aguanta un poco más.

Arrimate.

Levantá el vaso. La calle seguía

por debajo. Yo te voy diciendo.

Doblá por donde hubiera dado sombra.

La modista

Le pide que camine. El vestido

parecía terminado en el espejo,

pero al cruzar el cuarto se le tuerce

la raya de la espalda.

La muchacha se detiene, se acomoda.

Así no. Caminá

sin ayudarme a que te quede bien.

La modista se arrodilla, abre la costura,

le pide que se saque los zapatos.

La muchacha le dice que esos son

los que va a usar toda la noche.

Entonces camina otra vez.

El vestido tira de un hombro y cede

al llegar a la puerta. Le pregunta

si piensa bailar mucho.

La muchacha se ríe y hace sola

dos pasos de algo que no sabe hacer despacio.

La modista sigue con la tiza

el sitio donde la tela pide más.

En Palma

Al fondo de la cocina, donde el agua

me iba blanqueando las yemas, aprendí

una lengua de platos que volvían

con restos de una fiesta.

Uno venía limpio.

Lo apartaba un momento de los otros,

como si aquel que había comido todo

me hubiera hablado de una forma aparte.

Afuera estaba Palma. Yo decía

que estaba en Palma, y era verdad

durante el trayecto del trabajo al cuarto,

cuando el día me entraba por la calle

estrecha, de costado,

y algún balcón regaba sobre mí.

Una noche salimos todos juntos.

Pedí lo que entendí. Llegó otra cosa.

La probé y después cambié de plato

con el que siempre trabajaba al lado;

por primera vez supimos

qué dejaba cada uno sin comer.

La fila

¿Quién es el último?

El último no oye. Le tocan el hombro.

Se da vuelta, me mira,

asiente: ya puede distraerse.

Yo quedo al fondo con su trabajo.

Miro hacia donde vienen los que faltan,

aprendo a levantar un dedo

sin creer que me están preguntando otra cosa.

Una mujer me pide que le cuide el sitio.

Yo no tengo sitio:

tengo al hombre de gris por delante

y a esa mujer que se va sin escucharme.

Cuando vuelve, otro ocupa su lugar.

Le digo que ella estaba.

¿Acá?, pregunta él.

Ella empieza a buscarme la cara

entre todas las caras que podrían

decir que sí.

Los toldos

La primera ráfaga levantó los precios:

zapallos a veinte, acelga a cuarenta,

el cartón de las ofertas dio dos vueltas

y se quedó vendiendo contra un muro.

Después los toldos empezaron a pelearse

con aquello que tapaban. Uno subía,

otro juntaba el agua en una bolsa

cada vez más honda sobre las naranjas.

Sostené acá, gritó una mujer.

Y acá era una punta de lona,

una fuerza que quería irse por arriba

con ella, con el puesto y con nosotros.

Éramos seis sosteniendo, siete,

un hombre pasaba los cajones,

otro nos gritaba que aflojáramos

del lado de la calle. No sabíamos

cuál era el lado de la calle bajo el agua.

La mujer se reía, empapada,

porque alguien seguía preguntando

cuánto salía el kilo de las peras.

El ascensor

Quedamos entre pisos, una bolsa

de mandarinas, vos y yo. La alarma

sale de nuestra caja, pero nadie

contesta desde afuera.

Decís que no te gusta estar encerrada.

Yo digo que enseguida van a abrir.

Me escuchás como si yo supiera,

y tengo que seguir sabiendo un rato.

Se apaga el ventilador.

La pausa del zumbido tiene fondo.

Ofrecés mandarinas. Las pelamos

sin hambre.

De pronto alguien pregunta cuántos somos.

Dos, decimos a un tiempo,

y piden que lo repitamos:

vos primero, después yo.

El árbitro

Le gritan que no vio,

que estaba al lado, que por qué no mira,

y él mira en la dirección del juego

que sigue, sigue, mientras uno queda

en el barro, agarrándose la pierna.

Hace una seña: ventaja.

La palabra corre más que el lastimado,

llega al área, vuelve rechazada

y entonces él levanta el silbato

para traer la falta a donde fue.

Vienen todos. Le acercan otras bocas,

otros ojos, le prestan

una familia entera que insultar.

Él marca con el pie el lugar del golpe.

Cada uno deja la pelota

un poco más cerca de su propia versión.

El caído, que ya se puso de pie,

se va rengueando hacia el arco.

Pide que la tiren larga.

Banco al sol

Antes de poner mi nombre

me senté. Pedí que redondearan

el borde que va debajo de los muslos.

Los tornillos, desde abajo.

No quise placa. El nombre va en la madera.

Entre dos letras hubo que dejar

un nudo. No quise que lo sacaran.

Hay una pareja que viene todas las tardes.

Ella le saca una pelusa del hombro,

después otra que yo no veo.

Se ríen y se les enfría el mate.

Antes de irme a casa paso de nuevo.

Siguen ahí.

Hoy traje aceite para la madera.

Les pedí un momento. Se levantaron.

Se fueron hablando.

Paso el trapo donde estaban.

Oscurece la veta. En las letras

hay que ir despacio: si dejo mucho,

mañana les va a manchar la ropa.

Dejo un poco más en la primera letra.

Montepilatus — Paseo de Arte

Montepilatus — Paseo de Arte Paseo de Arte

Espacio cultural y colección a recorrer en Punta del Este, en diálogo con la obra de Federico Rodríguez Páez. Veintinueve artistas de cuatro países. Acceso libre, todos los días. Ver la página de Montepilatus.

200+obras en exhibición
29artistas · 4 países
8–22 hentrada libre
Punta del EsteUruguay

Coordinar una visita

Recorrido por Montepilatus · YouTube

Taller de pintura

Pintá en Montepilatus, desde donde estés.

Óleo con pincel de cerdas y colores que se mezclan húmedos; pastel seco sobre papel. A partir de una obra del Paseo o de una foto tuya. Lo que pintes, te lo llevás.

Entrar al taller